Al disolverse en vino o mosto, libera dióxido de azufre (SO₂), lo cual lo convierte en un potente antioxidante y antiséptico. Ayuda a preservar el color y los aromas, y controla la proliferación de microorganismos no deseados.
Destaca por su alta capacidad para generar SO₂ en disolución, lo que potencia su uso en etapas clave como el embotellado, clarificación o enotecnologías anteriores al envío.
Se añade para inactivar levaduras salvajes o bacterias y evitar refermentaciones, especialmente en etapas críticas como trasiego o embotellado.
También se emplea para desinfectar superficies y equipamiento en bodega, en combinación con ácido cítrico para mayor eficacia; es efectivo como sanitizante doméstico y profesional.
Como referencia práctica, una cuarta de cucharadita por cada ~20 L aporta aproximadamente 50 ppm de SO₂ libre, suficiente para proteger durante fases de embotellado o almacenamiento.
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